domingo, 8 de marzo de 2015

LA EXPULSIÓN DE LOS MERCADERES SEGÚN SAN JUAN


     Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentadoes y, haciendo un azote de cordeles los echo a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas los esparció las monedas y les volteó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo:

     - "Quitad esto de aquí: no convertiréis en un mercado la casa de mi padre".

     Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: "El celo de tu casa me devora". Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: 

     - "¿Qué sigonos nos muestras para obrar así?"

     Jesús contestó:

     - "Destruid este templo y en tres días lo levantaré". 

     Los judíos replicaron:

     - "Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?". 

     Pero él hablaba del Templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acrodaron de lo que había dicho y creyeron a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús. 

Juan 2, 13 - 22

martes, 3 de marzo de 2015

LA TRANSFIGURACIÓN MEDITADA POR SAN JUAN PABLO II


       En la Transfiguración del monte Tabor el Salvador reveló a Pedro, Santiago y Juan el prodigio de gloria y de luz confirmado por la voz del Padre: "Este es mi Hijo predilecto" (Mc 9, 7). Cristo es el centro de la Transfiguración. Hacia él convergen dos testigos de la primera Alianza: Moisés, mediador de la Ley, y Elías, profeta del Dios vivo. La divinidad de Cristo, proclamada por la voz del Padre, también se manifiesta mediante los símbolos que san Marcos traza con sus rasgos pintorescos. La luz y la blancura son símbolos que representan la eternidad y la trascendencia: "Sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como no los puede blanquear lavandera sobre la tierra" (Mc 9, 3). Asimismo, la nube es signo de la presencia de Dios en el camino del Éxodo de Israel y en la tienda de la Alianza (cf. Ex13, 21-22; 14, 19. 24; 40, 34. 38). en el monte, pues es explícita la presencia del Padre con su voz reveladora. La tradición cristiana vislumbra implícitamente también la presencia del Espíritu Santo, teniendo en cuenta el evento paralelo del bautismo en el Jordán, donde el Espíritu descendió sobre Cristo en forma de paloma (cf. Mc 1, 10). De hecho, el mandato del Padre: "Escuchadlo" (Mc 9, 7) presupone que Jesús está lleno de Espíritu Santo, de forma que sus palabras son "espíritu y vida" (Jn 6, 63; cf. 3, 34-35). 

        Por consiguiente, podemos subir al monte para detenernos a contemplar y sumergirnos en el misterio de luz de Dios. El Tabor representa a todos los montes que nos llevan a Dios, según una imagen muy frecuente en los místicos. Otro texto de la Iglesia de Oriente nos invita a esta ascensión hacia las alturas y hacia la luz: "Venid, pueblos, seguidme. Subamos a la montaña santa y celestial; detengámonos espiritualmente en la ciudad del Dios vivo y contemplemos en espíritu la divinidad del Padre y del Espíritu que resplandece en el Hijo unigénito" (tropario, conclusión del Canon de san Juan Damasceno). 

          En la Transfiguración no sólo contemplamos el misterio de Dios, pasando de luz a luz (cf. Sal 36, 10), sino que también se nos invita a escuchar la palabra divina que se nos dirige. Por encima de la palabra de la Ley en Moisés y de la profecía en Elías, resuena la palabra del Padre que remite a la del Hijo, como acabo de recordar. Al presentar al "Hijo predilecto", el Padre añade la invitación a escucharlo (cf. Mc 9, 7). Visión y escucha, contemplación y obediencia son, por consiguiente, los caminos que nos llevan al monte santo en el que la Trinidad se revela en la gloria del Hijo. "La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo "el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo" (Flp 3, 21). Pero nos recuerda también que "es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios" (Hch 14, 22)" (Catecismo de la Iglesia católica, n. 556). 

         La liturgia de la Transfiguración, como sugiere la espiritualidad de la Iglesia de Oriente, presenta en los apóstoles Pedro, Santiago y Juan una "tríada" humana que contempla la Trinidad divina. Como los tres jóvenes del horno de fuego ardiente del libro de Daniel (cf. Dn 3, 51-90), la liturgia "bendice a Dios Padre creador, canta al Verbo que bajó en su ayuda y cambia el fuego en rocío, y exalta al Espíritu que da a todos la vida por los siglos" (Matutino de la fiesta de la Transfiguración). 

Juan Pablo II. Audiencia de los Miercoles. Miercoles, 26 de abril del año 2.000

lunes, 2 de marzo de 2015

LA TRANSFIGURACIÓN DE JESÚS

 
 
Imagen.- La Transfiguración.
Autor.- Juan de Borgoña.
Fecha.- 1.509.
Técnica.- Oleo sobre tabla.
Lugar.- Retablo Mayor de la Catedral de Avila.


     La Transfiguración, como tema artístico, comenzó a tratar por los pintores y escultores, mayoritariamente, a partir del año 1.456, cuando para dar gracias a Dios por la victoria de los Cristianos a los Musulmanes en el Asedio de Belgrado, el Papa Calisto III instituye la Festividad de la Transfiguración en el calendario cristiano.

         La presente obra se encuentra en la parte central del Retablo Mayor de la Catedral de Avila. se trata, sin duda, de una de las obras más importante pictóricas de esta época de la ciudad de Avila. Comenzo a ejecutarla Berruguete en el año 1.499, a la muerte repentina de este, Santa Cruz retoma los trabajos de pintar dicho retablo, pero de nuevo la muerte de este Maestro, hace que se encargue de la ejecución y del final de las obras Juan de Borgoña.

         La escena se divide en dos subescenas, en la parte superior encontramos a Jesús junto a Moises y Elias, mientras que en la inferior, siguiendo el relato evangélico vemos a los tres apóstoles que acompañan a Jesús: Pedro, Santiago y Juan. Jesús aparece en el cetnro de la imagen superior, vestido, no como indican los textos evangélicos con una túnica blanca sino con una túnica grisaceo, los brazos abiertos, recordando a los sacerdotes, durante la Eucaristía y rodeado por un halo dorado que nos recuerda su divinidad, sobre Él, una leyenda que dice: "Este es mi hijo mi predlecto". Junto a Jesús, aparecen Moises, vestido con una túnica verde y esclavina de color rojo, con la tabla de la alianza en sus manos, y los dos cuernos, con los que tradicionalmente se la ha representado en el arte cristiano, recordemos la imagen del Moises de Miguel Angel. Y al otro lado Elias, el profeta, que aparece sin simbolos, vistiendo una saya de color verde y esclavina roja.

          En la parte inferior nos encontramos, como he dicho con anterioridad a los tres apóstoles: Pedro, pintado como un hombre adulto, calvo y con barba blanca, vestido con túnica roja, y manto verde, hablando, por la postura de sus manos con el Señor, recordemos su frase: "¡Qué bien se está aquí!". Santiago en el centro, como un peregrino, capa azul y túnica negra, intenta cubrir con sus manos sus ojos, para defenderse del resplandor del cielo y Juan, un hombre joven, sin barba, con cabello rubio, que viste un túnica amarilla, manto rojo, orando, las manos juntas sobre el pecho, y un libro: el Evangelio o el libro del Apocalipsis a sus pies. Siendo el único de los apóstoles al que se le representa con su atributo tradicional.

domingo, 1 de marzo de 2015

LA TRANSFIGURACIÓN SEGÚN SAN MARCOS

     Seis días más tarde Jesús tomo consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, sube a parte con ellos solos a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede déjarlos ningun batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moíses, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: "Maestro, ¡que bueno es estar aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moises y otra para Elias". No sabía qué decir pues estaban asustados. Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube. "Este es mi Hijo, el amado, escuchadlo". De pronto, al mirar alrededor no vieron a nadie más que a Jesús con ellos.

      Cuando bajaban del monte, les ordenó que no contasen a nadie los que habían visto hasta que el Hijo del Hombre resucitará de entre los muertos.

Marcos 9, 2 -9