sábado, 5 de noviembre de 2016

LA ADORACIÓN DE LOS MAGOS


Imagen.- La Adoración de los Reyes Magos.
Autor.- Lucas de Giraldo y Juan Rodríguez
Técnica.- Caliza escúlpida y policromada.
Fecha.- 1.531
Lugar.- Trascoro de la Santa Iglesia Catedral del Salvador
de la ciudad de Avila (España)

      Muchas fuentes afirman que la llegada de los Magos a la ciudad de Belén, narrada por el Evangelista Mateo, no ocurrió, sino que fue escrita por este para hacer cumplir algunas de las profecías que aparecen en el Antiguo Testamento sobre la llegada del Mesías, hay que recordar que el Evangelio de Mateo, tiene como lectores a aquellos fieles que fueron bautizados y provenían del mundo judío, Con su Evangelio, cargado de citas de profecías, con las que se afirma que en Jesús de Nazareth se cumple todo aquello que han dejado escrito los profetas de Israel. Jesús es la Palabra de Dios hecha carne. Mateo no nos dice quienes eran aquellos hombres, tan sólo que eran Magos, no nos dice de donde procedían, ni cuántos eran. A lo largo de la historia del cristianismo, el número de los Magos varío hasta que en el siglo VI aparecen, por primera vez los tres Reyes, posteriormente, los tres Reyes, se les comenzo a representar como símbolo de las tres edades del hombre: Juventud, Madurez y ancianidad. Y represetantes de las tres razas, entonces conocidas: blanca, oriental y negra, así uno de los tres Magos de Oriente se convierte en negro.

         La Catedral de Ávila es la primera Seo de España construída en estilo Gótico, proyectada no sólo como templo donde dar culto a Dios, sino también como fortaleza, formando parte su cimborrio de la Muralla que defiende a la ciudad. En su interior guarda importantes tesoros. Uno de los más importantes sin duda es el Trascoro que se levanta en el centro de la Nave Central, de estilo renacentista. Comenzo a construirse en el año 1527, para cubrir las sillas que forman el Coro catedraliceo, que se colocó en el centro de la nave central, siguiendo el modelo del Maestro Mateo en la Catedral Compostelana. Concebido como un retablo en piedra sobre la infancia del Niño Jesús, En él, además, de la Adoración de los Magos; se representa: el abrazo de San Joaquín y Santa Ana, la Visitación de la Virgen María a Isabel, la Presentación del Niño y la Huida de Egipto, la Matanza de los Inocentes, y el Niño Jesús entre los Doctores. Trabajando en él Lucas de Giraldo y Juan Rodríguez, siguiendo el modelo que Vasco de Zarza realizó en la Girola de este templo catedraliceo, en el Sepulcro del Tostado, Obispo de la diocesis de Avila.

     Lucas de Giraldo es un escultor de la primera mitad del siglo XV, de origen flamenco, trabaja en la ciudad de Zaragoza, instalándose definitivamente en la ciudad de Avila, donde conoce a Vasco de Zarza, y realizando obras para la catedral abulense. Juan Rodríguez, discípulo de Vasco de Zarza, se convertirá en uno de los máximos representantes de la Escuela Renacentista de Avila. Trabajo en las provincias de Segovia y Avila, en especial en la catedral de esta última. 

      La escena de la Adoración de los Reyes ocupa la calle central del Transcoro, separada por hermosas pilastras. Representa el momento en el que los Magos llegan al Portal de Belén, uno de ellos, el más anciano, aparece postrado ante la Sagrada Familia, cubierta por el techo del Pesebre, María lleva en sus brazos al Niño Jesús; mientras San José contempla tras ella la escena, todo ello con gran realismo y detalles. El centro de la escena esta compuesto por la figura sedente de la Virgen y el Rey postrado ante ella.


      María es el centro de la escena, ella porta en sus brazos al Niño Jesús, hacía el que se dirigen las miradas de todos los protagonistas de la escena. Ella es la sede del Niño Jesús, ella es la que muestra a su Hijo a los Magos, ella le protege con sus manos y sus brazos. María es una muchacha joven, que tiene la cabeza ligeramente ladeada hacía la izquierda, donde se encuentra un Rey adorando al Niño Jesús, la mirada caída mirando al Mago que ante ellos está postrada. Peinada en el centro de la cabeza, cayendo el cabello en tirabuzones, que el escultor ha sabido plasmar en su obra a base de pequeños golpes. El rostro de María parece ensimismado, a pesar del momento, soñador, esbozando una sonrisa, casi imperceptible. El pecho de la Virgen oculto por un tocado, que nos recuerda a los que visten las Dolorosas en Andalucia, y que se sigue en el resto de España en la actualidad. Un tocado de multiples pliegues situado sobre el pecho de la Madre y que lo oculta, viste una túnica de mangas largas, que sigue la moda de la época en la que se concibe la imagen, alejada de los vestidos reales que usaría la Virgen en el momento del nacimiento de su Hijo. y cuya parte inferior oculta un manto que cae desde los hombros hasta los pies. cuyos zapatos asoman discretamente debajo de este manto. La imagen se encuentra sobre un peldaño adornado con flores y hojarasca, siendo la única imagen que se encuentra sobre el suelo.


     El Niño Jesús, está sentado sobre la pierna izquierda de la Virgen María, mientras tiene su mano izquierda sobre la de esta, quien le agarra en el pecho, para que no se caiga. El Niño aparece completamente desnudo, y de frente, mientras vuelve su cabeza, inclinandola, hacía la izquierda, mirando al monarca que postrado de rodillas le mira, produciéndose un dialogo entre ambos personajes, el Niño, sonríe, en una sonrisa abierta, no esbozada, como en el caso de la Virgen María, los pies cruzados, el izquierdo sobre el derecho, las rodillas dobladas, la mano derecha alzada sobre la mano de la Virgen Madre, cerrada, no como en otras imágenes que ya tienen en esta época el símbolo de la bendición en ellas.


     Junto a la Madre, en el lado derecho de la escena y cerrando esta, aparece la imagen de San José, un hombre anciano, que de píes, se sostiene sobre una garrota o bastón. José se nos presenta como un hombre de edad madura, a punto de entrar en la ancianidad, pero sin ser aún un anciano. La cabeza ligeramente ladeada hacía el lado izquierdo, donde parece vigilar o custodiar la figura del Niño en brazos de su madre, con mirada recelosa, cauta, llena de temor, de incredulidad, hacía el personaje que se arrodilla ante el Recién Nacido. Seriedad en el rostro de San José, que contrasta con el rostro, tanto de la Madre como del Niño. El autor nos presenta a un hombre calco, en el que un mechón de pelo se puede ver aún en el centro de su amplia frente, de su amplia cabeza, barbas largas y bigote cubren su mentón. Viste una túnica larga que le llega hasta los tobillos, dejando al descubierto unos píes que se ocultan dentro de unos zapatos, un nuevo anacronismo en esta representación de la Adoración de los Reyes Magos, ya que ese calzado es más de la época en la que se realiza la obra que en el Belén del año cero de nuestra historia. Un manto cubre sus hombros y sus brazos, y la garrota o bastón que nos pone ante un hombre anciano sujeta su peso, sus años, la preocupación de esta extraña visita de la que es testigo.


   Tras José, y sobre su cabeza un cobertizo realizado con maderas, palos y paja, recuerda el lugar donde según la tradición se produjo el Nacimiento del Salvador: Un pesebre o establo a las afueras de la ciudad de Belén, realizado con gran detalle, se puede ver los troncos, incluso, ocurre en el bastón o garrota de San José, los nudos de la madera. Bajo esta techumbre, simplemente esbozados sobre la piedra, casi sin relieve alguno: el buey y la mula, que según la tradición se encontraban en el lugar donde se produjo el naticilio, comienzo en un haz de paja, el detallismo de este escultor, queda reflejado en el heno que la mula intenta comer o el que está delante del buey. La mula se encuentra ajena a lo que ocurre en su hogar, mientras el buey mira la escena de la adoración de los Magos. 


     Postrado, ante la Virgen y el Niño, de rodillas nos encontramos con el primero de los Reyes Magos, se trata de un rey joven, en el que el escultor a tallado has ta los más mínimos detalles. Nos encontramos ante un hombre joven, de cabello, barba y bigote rizado, corto, que nos recuerda los retratos de los nobles de la época. El autor ha acercar a los fieles el momento de la Adoración de los Magos en las vestiduras de los dos primeros reyes, este adorador y el que está a su lado. El monarca postrado de rodillas eleva la cabeza, eleva la mirada al Niño, y sorprendido ante la fragilidad del Niño Jesús abre la boca, en un gesto lleno de extasis, un extasis que intenta comprender laverdad de lo que sus ojos ven, pero su corazón, aún es incapaz de entender, y ante lo que sólo queda orar, uniendo las manos, unas manos con los dedos demasiados largos y demasiadas grandes las manos se juntan y oran. Viste una túnica corta, que deja ver sus calzas a la altura de la pantorrilla, una sobrecapa, ricamente adornada en sus bordes con bordados de hojasca y sobre ella un collar. Colgado de los hombros una espada metida en su funda, una funda ricamente adornada y ante él su obsequio una cofa, con ricos adornos que deja en el suelo como ofrenda al recién nacido. Su retrato es el retrato, seguramente de un noble de la ciudad de Avila, al que el escultor a alzado a la realeza en esta gran obra del plateresco español. 


      Junto al Rey adorador, encontramos un segundo monarca, un hombre joven, imberbe, que porta en su mano izquierda la ofrenda que fa a realizar al Niño Jesús. Se trata de un noble de la corte castellana, que viste a la usanza de esta. El rostro es el de un joven que parece contrariado ante lo que sus ojos están viendo, el pelo cortado al estilo de la época. sin detalles de los mechones del cabello. Tocado con un sombrero típico de la España del Siglo XVI, puestos de moda en la España de ese siglo por los Austrias: Felipe I y Carlos I. Túnica hasta las rodillas, dejando ver las calzas y las botas del monarca, todas ellas con ricos acabados, las mangas acabadas en las muñecas con pieles, la espada, a la altura de la cintura, sin tanto ornato, como la del monarca que esta adorando al niño, en el pecho un rico collar, en el que el artista ha querido mostrar los detalles, que refleja en otras partes de esta escultura abulense. En la parte superior de la túnica, encontramos gran detallismo de los bordados que tenían estas piezas de ropa.  


      Pero, sin duda, una de las imágenes que más pueden sorprender es la del Rey Negro, y sorprende si nos hemos parado a contemplar la interpretación de esta escena que hace en la misma Catedral, Vasco de Zarza en el sepulcro del Tostado. Allí los tres monarcas son blancos, aquí encontramos el primer Rey Negro. Se conserva el color original del mismo, a pesar de los siglos transcurridos desde su ejecución. Se trata de un mercader musulmán, vestido de distinta forma que los otros dos monarcas, para diferenciar su país de origen. Nos encontramos ante un hombre maduro, de color negro, con el pelo rizado, bigote partido en dos debajo de la nariz y una amplia sonrisa, el gesto adusto de los otros monarcas, en este Rey se convierte en felicidad, ha llegado a su meta y se siente feliz de encontrar un Niño pequeño. En su mano derecha, diferenciandolo del otro rey porta una copa donde lleva su obsequio al recién nacido, una copa en la que, una vez más encontramos múltiples detalles, que nos recuerdan la riqueza de  la misma. Viste el Rey una casulla larga que no deja ver la ropa interior que pudiera vestir, sólo los brazos de la túnica se pueden ver gracias al gesto del monarca, que sostiene en su mano izquierda el sombrero que llevaría en su cabeza, del que el autor nos da a través de su gubia muchos detalles, una vez más nos encontramos con la importancia que este autor da a los detalles pequeños, en los que no se cansa de decirnos cosas. Es un turbante, ricamente adornado con piedras preciosas y acabado en una borla, en la que el autor plasma hasta los hilos que forman este detalle de su sombrero. Sin duda, podríamos decir, que es el primer Rey Mago Negro de la provincia de Ávila.


      No existe un gran cortejo de criados de los Reyes Magos en esta Adoración, como puede ocurrir en otras, tan sólo dos cabezas de dos niños aparecen en el fondo de la obra: dos criados uno negro y otro un joven blanco que se encuentran tras una puerta cerrada, por donde han entrado en el Portal de Belén los Monarcas. 


     A lo largo de este artículo he hablado en multitud de ocasiones de la multitud de detalles que nos encontramos en este retablo de piedra de la Catedral del Salvador, pero hay un detalle que muchas veces pasa desapercibido al que contempla por primera vez el mismo: se trata de algo que nos inscribe el momento en un contexto: la intimidad de la familia de Nazaret, en la parte inferior del mismo, junto a la imagen de la Virgen María nos encontramos una almohada sobre la que el autor ha colocado unas tijeras, un dedal y un hilo, María estaba cosiendo cuando han interrumpido en la escena los Magos de Oriente y sorprendida les presenta su hijo. Un momento de intimidad se convierte en un momento histórico, extraordinario, de nuevo para la Familia.

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